miércoles, 17 de agosto de 2011

La Casada Infiel



Y que yo me la llevĂ© al rĂ­o 
creyendo que era mozuela, 
pero tenĂ­a marido.
Fue la noche de Santiago 
y casi por compromiso. 
Se apagaron los faroles 
y se encendieron los grillos. 
En las Ăşltimas esquinas 
toquĂ© sus pechos dormidos, 
y se me abrieron de pronto 
como ramos de jacintos. 
El almidĂłn de su enagua 
me sonaba en el oĂ­do, 
como una pieza de seda 
rasgada por diez cuchillos. 
Sin luz de plata en sus copas 
los árboles han crecido, 
y un horizonte de perros 
ladra muy lejos del rĂ­o.
*
Pasadas las zarzamoras, 
los juncos y los espinos, 
bajo su mata de pelo 
hice un hoyo sobre el limo. 
Yo me quitĂ© la corbata. 
Ella se quitĂł el vestido. 
Yo el cinturĂłn con revĂłlver. 
Ella sus cuatro corpiños. 
Ni nardos ni caracolas 
tienen el cutis tan fino, 
ni los cristales con luna 
relumbran con ese brillo. 
Sus muslos se me escapaban 
como peces sorprendidos, 
la mitad llenos de lumbre, 
la mitad llenos de frĂ­o. 
Aquella noche corrĂ­ 
el mejor de los caminos, 
montado en potra de nácar 
sin bridas y sin estribos. 
No quiero decir, por hombre, 
las cosas que ella me dijo. 
La luz del entendimiento 
me hace ser muy comedido. 
Sucia de besos y arena 
yo me la llevĂ© del rĂ­o. 
Con el aire se batĂ­an 
las espadas de los lirios.
Me portĂ© como quien soy. 
Como un gitano legĂ­timo. 
Le regalĂ© un costurero 
grande de raso pajizo, 
y no quise enamorarme 
porque teniendo marido 
me dijo que era mozuela 
cuando la llevaba al rĂ­o.

Federico GarcĂ­a Lorca

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